Bio

La música, la poesía y el arte de Luis Alberto Spinetta siempre tienen los brazos abiertos para recibirte. En tiempos de tinieblas, momentos de reflexión, o la más dulce calma, su música es como un bálsamo que reconforta, acompaña o comparte los días de la vida.

Con precisión casi astronómica, se le ocurrió nacer en la mitad exacta del siglo XX: el 23 de enero de 1950. Acuariano por destino de las estrellas y mezcla indómita de italiano con español por designio de sus ancestros, Luis Alberto Spinetta partió el siglo al medio. Su inabarcable talento, en cambio, sirvió para cerrar grietas, disolver fronteras, aunar universos.

Tuvo una trayectoria fecunda en la que el rock fue su nutriente principal, pero no el único: en la música de Spinetta conviven también el jazz, el tango, el folklore y otros estilos que son de su absoluta creación. Desde sus inicios con Almendra, buscó tener una voz propia, sin negar influencias pero al mismo tiempo honrándolas con recursos propios que fueron creando un estilo único que, a su vez, fue y sigue siendo influencia para muchos otros artistas.

Almendra pudo explorar el vértice que dividió la década del 60 de la del 70, y en su corta pero intensa existencia pudo reflejar a ambas en dos discos disímiles e insuperables. Después, alteró el pulso cardíaco de su discográfica con un disco solista y experimental, Spinettalandia y sus amigos, poco antes de partir a Europa. Buscaba expandir su universo y creó la raza mutante de Pescado Rabioso, un grupo de rock revolucionario cuya naturaleza fue el cambio constante. Nuevamente cerró la faena con un disco solista bajo el nombre grupal: Artaud, considerado como la máxima expresión del rock argentino, realizado con una mínima cantidad de recursos pero en estado de gracia.

Al mismo tiempo que gestaba las canciones de Artaud, Spinetta moldeaba una nueva configuración en formato de trío: Invisible, que en su última etapa fue cuarteto. Una vez más, la transformación incansable, que en 1977 se radicalizaría aún más con A 18’ Minutos del Sol, un trabajo con el que buscaba ya no un nuevo mundo, sino una galaxia diferente, que también incluyera al jazz y otros sistemas solares. Todo converge en la experiencia del disco grabado en Estados Unidos, Only Love Can Sustain, que le permitió enfrentar algo nuevo como el desafío de estar a la altura de una gran producción estadounidenses, con todas las de la ley. Y al mismo tiempo rechazar todo ese despliegue de recursos a su disposición al no aceptar la oferta de radicarse en Los Angeles para retornar a la Argentina más fría. Y aplicarle calor con la reunión de Almendra, que logró reactivar al rock desfalleciente, alegrando un poco los mustios corazones en las rutas argentinas que los cuatro recorrieron a conciencia y, también, a pérdida, en su afán de llegar a todos los rincones.

Spinetta inicia los años 80 bajo el signo de Jade, explorando las posibilidades de la fusión entre el rock y el jazz. Como si la inmovilidad fuera una trampa, Luis Alberto también destinó esfuerzos a dos trabajos solistas casi en las antípodas: el sonido orgánico de Kamikaze estuvo separado menos de un año de Mondo Di Cromo, un experimento en el que ingresa en el mundo de las baterías electrónicas y las secuencias.

Como un pintor que se empecina con la simetría, es a la mitad de los 80 cuando Spinetta decide terminar con su etapa grupal, intentar una conexión con Charly García (que sobrepasó los límites de voltaje permitidos por la ciencia), y dar comienzo a su faz más solista con Privé, recuperando el rock e inoculándolo con el virus de lo digital, como un científico loco que experimenta con sus criaturas. Ningún animal fue dañado en el transcurso de esta serie, que incluyó una feliz alianza con Fito Páez que dio como fruto a La La La, álbum doble que bajo su engañoso título de alegre tarareo oculta una serie de creaciones sorprendentes, y hasta monstruosas en su singularidad.

Así como en los 70 Spinetta se sumergió en los textos de los poetas malditos (Sartre, Nietzche, Rimbaud, Artaud), la lectura en los 80 de textos de intelectuales franceses como Michel Foucault y Giles Deleuze le sirvieron de iluminación para gestar un nuevo lenguaje que abarcó la trilogía de Téster De Violencia, Don Lucero y Exactas, con la que clausuró la década. En ese desarrollo de un lenguaje musicalmente y poéticamente sofisticado, anidaba la raíz de un nuevo cambio que ve la luz a través del alumbramiento de Vera, su cuarta hija (a la que antecedieron Dante, Catarina y Valentino); todo el período de gestación dota a Spinetta de nuevas fuerza que vuelca a Pelusón Of Milk, su retorno a la simpleza, a la melodía y a la domesticidad. Fuego Gris, la banda de sonido de una película de Pablo César, ayudó a camuflar una nueva variación que Spinetta trabajó en silencio: Los Socios Del Desierto, un trío de rock en los 90, un proyecto contracultural si se lo mira (y escucha) bien, en el que tuvo como aliados a Marcelo Torres y Daniel Wirzt.

Cuando el desierto es finalmente atravesado y no queda más que viento, Spinetta se atrinchera tras los muros de su casa en Villa Urquiza sin por eso desconectarse del mundo, solamente del ruido mediático y mecánico. Para que no interfiera, para que no contamine sus discos finalmente trabajados en su casa, como lo había soñado. Los Ojos, Silver Sorgo, Para Los Árboles, Pan y Un Mañana constituyen un tiempo de madurez artística, donde las canciones son templadas una y otra vez, ya sin prisa pero con el mismo fuego sagrado que siempre atravesó el arte de Spinetta.

Celebró cuarenta años de música y sesenta años de edad en una ceremonia para las multitudes que aún siguen agradeciendo aquel rito convocante, el de Las Bandas Eternas, donde reunió a casi todos sus músicos y a sus bandas legendarias: Invisible, Pescado Rabioso, Almendra, Spinetta Jade, Spinetta y Los Socios Del Desierto. 40 mil personas comulgaron con emoción el 4 de diciembre de 2009 en lo que pareció una misa. El tiempo que vino después modificó esa impresión. Su muerte, el 8 de febrero de 2012, le dio a aquel concierto de cinco horas en el estadio de Vélez Sarsfield, el aspecto de una despedida anticipada. Sin embargo, solo era una de las formas ilusorias del recuerdo. Aún faltaban las canciones de Los Amigo, con Rodolfo García y Dhani Ferrón, que esperaban el momento que propicie su escucha. Y eso sucedió en 2015.

¿Habrá más? Siempre hay más. Ahora el hombre ha devenido en leyenda. Y esa leyenda aumenta exponencialmente su potencia lumínica día tras día. La llama de Spinetta continúa encendida en su obra. Porque cada vez que suena alguna de sus canciones hay un alma que se ilumina.

Es la luz sin freno. Y acaso las sombras huirán.